09 noviembre 2010

Del maldito espíritu confrontativo

Encontré esta enrevista cortita a Luca Prodan
y me pareció interesante
para pensar en rasgos de otras épocas
y colores originales.
Para pensar en el espíritu confrontativo
pero leal
de otros tiempos.
Ver que la cagada no está en la confrontación
en las diferencias
o en las separaciones.
Sino que
la cagada
está en no admitirla
no admitir confrontación
ni tensión
ni puesta en discusión.
La cagada es
no aceptar que somos distintos
con
gustos, ideas, opiniones y pasiones
diferentes,
con
ritmos, carácteres, estilos y sensibilidades
disímiles,
con
talentos, atributos, virtudes y cualidades
disparejas.
Con
defectos, debilidades, flaquezas, temores, sufrimientos, imposibilidades, fobias, lamentos, 
y
fortunas, intereses, preferencias, costumbres, historias, recuerdos, memoria,
emociones,
pulsiones,
bienestar,
malestar,
dolores,
posibilidades,
herramientas,
funciones,
sanciones y penitencias,
amistades y contiendas,
ídolos,
referentes,
y mierdas.
Todo diferente.
Y
hasta
quizás,
también diferente,
el relato 
oficial
y quienes
se lo han
contado.
   





La vida por no confrontar

¿Reflexionar no será confrontar con uno mismo? ¿No estaré siendo un salvaje kirchnerista K, de estilo confrontativo? ¿Se me -¡Dios mío!- notará? ¿Me desterrarán del circuito de moda?

Ahora pregunto en serio: ¿sería justo, por culpa de este amanecido rechazo por la confrontación, perderse algunas piezas fundamentales para el rompecabeza de la concepción de arte de Luca Prodan, o de cualquier otro artista,  porque antes criticó a Soda Estéreo y a Virus? ¿Por su estilo confrontativo?

Alguna vez, quizás muchas otras más, se vivió en un país en el que la valentía de asumir la tensión no restaba imagen positiva, desprestigio o rechazo. Muy por el contrario, el rock fue rock en tanto que puso en escena el gesto rockero por excelencia, el de asumir una postura. Como la política. Sólo así el rock fue ícono cultural que logró estatura para confrontar con la política.

La propuesta de la no confrontación, no su repetición idiota, sólo puede ser idea de quién sabe que es más débil. O, que es más débil su razón. Y entonces no le conviene. Pero no conozco a nadie que resigne su supervivencia, mucho menos entre los grupos empresarios corporativos que diseñaron la estrategia de la no confrontación.

Lo que no les conviene no es la confrontación, eso, sépanlo, nunca lo van a abandonar. Dirigen el discurso contra la confrontación, sin embargo, porque lo que no quieren es que la contienda se lleve a cabo sobre el escenario, ante el público. Se manifiestan en contra de la confrontación cuando lo que quieren, en realidad, es correrla de la escena pública. Sin erratas. Aunque en ello los apoyo. Porque podrá ser vil decir una cosa por otra, y más cuando se trata de los especialistas de la comunicación-pilares fundamentales de la democracia-agentes de la verdad, pero, en honor a la verdad, más despreciable y cínico luciría la inscripción "Donde dijimos la ruina del mundo es a causa de la confrontación, debió decir la ruina del grupo será a causa de que la confrontación se vuelva de dominio público". Las erratas son herramientas contemplativas del público y sería una especie de burla que justamente quienes pretenden demonizarlas con el sólo objetivo de que quede vedada a la ciudadanía, puede traicionarnos a todos, estafarnos o perjudicarnos, guarecidos en la privacidad de sus cloacas o en el control del relato desconcertante, pero no puede burlarse de todos porque el orgullo es un sentimiento que únicamente es posible en el ámbito público, no se daña ni se repara el orgullo en la intimidad, y la humillación no se olvida.


El espantoso mundo (obsceno y violento)
en que todos confrontan al aire

Entonces, decía, la intención verdadera al combatir públicamente la confrontación es la de velarla y vedarla, apropiándosela. Y con ella, a la instancias de discusión. Donde se reparten derechos, obligaciones, deberes, garantías, esfuerzos, beneficios, bienes y compromisos.

No les conviene la práctica confrontativa en tanto que práctica política, primero, para que no se vuelva una costumbre extendida, y segundo porque, por un lado, el relato de un round en vivo no deja margen para ser manipulado y, por el otro, porque la fuerza que tienen no es televisable: primeros planos de descoloridas tretas legales, antiguas historias de coimas y sobornos; presiones, coerciones y coacciones fuera de foco, vetustas épicas de injusticias y privilegios... nada, todo basura, ni siquiera da para material blanco y negro, que pueda rellenar los sábados del canal Volver sin poner un peso.

Los reyes de la imagen y el contenido y la tecnología y la calidad y los contenidos, en fin, los reyes del relato, en gran medida canonizados por el apoyo de su dominio y su excelencia de la estética, saben por eso mismo que sus pelafustanerías no son televisables. Están condenados a padecer un gran pixel de tiniebla, son los príncipes de las tinieblas, y es en las tinieblas en donde son poderosos y, arrastrando las almas de a una, separadas, cercenadas, vulnerables, a sus oscuros reinos es como prefieren confrontar.

Es la historia infinita del ejército del mal. Los señores de las tinieblas son débiles en la luz. Sea el Diablo, Valdemort o Magnetto. Su poderosa inteligencia, su fuerza privilegiada, su entrenada insensibilidad o el talento innato para el mal, no son tan eficaces fuera del reino de las tinieblas. Por eso en todas sus historias, las tramas de sus múltiples embates siempre dieron cuenta de los mismos dos procedimientos: el rapto para el cautiverio en las tinieblas y la alianza con infiltrados reclutas del mundo de la luz. Así, dominarán la lucha en la oscuridad tenebrosa de un juzgado corrompido, fogonerán en la claridad artificial de adoctrinadas producciones culturales, al tiempo que atacarán por el otro flanco, en la iluminada palestra popular, con el cuerpo de las temibles viejas conchudas, sin mezquinar ni una descarga en su sangrienta balacera a repetición, en el nombre de grandes causas, como la paz, o detrás de banderas inmensas de bondad, que logran tapar sus motivaciones, odios, recelos, rencores, desprecios, discriminaciones, etcétera.


Historia de una confrontación anunciada

Soy de la época en que un padre -o cualquier sujeto mayor o de jerarquía superior- estaba eximido de dar cualquier explicación, de fundamentar una postura o de tomarse algún trabajo dialéctico para dirimir la confrontación que fuera. "No le vaya a contestar a su tata", era la premisa sagrada, "no sea mal educado", "no falte el respeto a los mayores", etc. Pobres padres venidos de costumbres autoritarias peores, en las que ni hablar sin permiso era posible, y la discusión era una afrenta, una falta grave de educación y de moral, indiferentemente del contenido del diálogo, el sólo hecho de contestarle a esos padres era un ataque y una herida al orgullo, sin embargo, era una relación culturalmente  más contemporánea, o sea, más comprensible. Cuando ellos fueron los padres, arribaron cargando bártulos con autopromesas de ser mejores, más abiertos, más comprensivos, cajas y cajas de errores que no cometer, junto a los bultos de valores, principios, límites y demás concepciones, que volaron por el aire en cuanto el burrito de la vida se desbocó, aguijoneado por la espuela de la globalización y el progreso. Soy de la época de los padres que fueron mejores, pero hubiesen querido ser mejores aún. De cuando la realidad atropeyó planes y certezas, cuando se usaba mucho el dicho de "el hombre propone y Dios dispone" y las espaldas se arqueaban por el peso de la bolsa inmensa de contradicciones: que un hombre de bien, que no dejes que nadie te pase por encima, que los derechos de uno empiezan donde terminan los demás, que el respeto a la autoridad, que la inteligencia, la astucia, la humildad, el amor propio, el qué dirán...

Mi padre era de la época en que a los padres no se los contradecía ni se les discutía. Esos preceptos ligados al respeto, a la autoridad, a su función en el cuadro institucional familiar, forjaba la organización familiar cohesionada por el jefe de familia, por encima de padecimientos, miserias, guerras, ignorancia y demás debilidades que pudieran atentar contra su imagen y contra la buena familia. Pero también, padres e hijos eran más cercanos temporal y culturalmente. Podían entenderse hasta sin hablar. Podían compartir gustos, costumbres y hasta la vida. Cualquier práctica cultural de los núcleos (sociales, en este caso) deriva inevitablemente proyectado al todo. Mi padre era de la época en que la democracia era bastante poco posible.

Yo, en cambio, soy de la época en que la opresión llegó accidentalmente de la mano de la confusión. La confusión del progreso, la de la medicina, la de los bancos, la de los nuevos consumos, nuevas velocidades, distintos caminos; la confusión de las novedades tecnológicas, de la velocidad, de las máquinas, las drogas, la proliferación de ideas y de instituciones y de nuevos valores y de otros contratos y de la mar en coche.
Las buenas intenciones de los padres que habían sido paridos en los revolucionarios 60's y 70's, no fueron truncadas por el nuevo estatus, las responsabilidades o por las concepciones de la adultez, sino que chocaron de frente con el andamiaje resultante de esas revoluciones, inmenso e inabarcable, en cuya monstruosidad reencarnaron aquellos miedos viejos. Los cortes etarios, las separaciones generacionales tajantes, las distancias culturales y de consumos y de objetivos, incluso novedosas amenazas, flamantes expresiones y sitios inauditos, por citar algunos factores que despedazaron su fortuna en experiencia, y los volvieron inseguros, conservadores y reaccionarios. De todas formas, lograron mejorar. Y admitir paulatinamente las opiniones de los demás, incluso la de los menores, dependientes, inferiores y tutoriados. La misma distancia generacional que se incrementaba, forzaba a consolidar una relación más sana de intercambio e interacción, por la misma necesidad de aprender de esos otros cosas del nuevo mundo. Y fue una época en la que la democracia se hizo más posible, casualmente.       

Hoy nadie, o casi nadie, descarta el diálogo con sus hijos por cuestiones de honor, orgullo o pleitesías aristocráticas. Ni se pesan ya las veces que uno y otro contendiente tuvo razón, algo que de manera totalmente irreflexiva jugaba un rol importante, también. "Vos siempre querés tenés razón", "¿quién sos, el dueño de la verdad?". Ya no se dan órdenes a los niños, sino que se les piden favores. Ni se les imponen cosas sin las debidas explicaciones. Estoy tentado de decir que hoy, la democracia, tiene más posibilidades. Pero temo que, como a la generación anterior, alguna sorpresa trunque las razones de mi optimismo. Como la campaña antidemocrática en contra del estilo confrontativo.


En conclución, por espíritu confrontativo

En fin, todo sólo para reivindicar el valor de la honestidad y la lealtad, de la confrontación como un modo más de relación entre humanos iguales, además de uno de intervención, participación, colaboración y compromiso. La soberanía no es decidir cuándo me baño o qué comprar o dónde comer, la soberanía es el respeto a la propia individualidad, el compromiso con la propia libertad y demás derechos humanos, la obligada militancia por un mundo mejor, por el bien del mundo y por el bien que al mundo le hace la democracia y la militancia, como su práctica básica. Que no es el voto, como muchos creen. O el libre alvedrío doméstico.

La confrontación, en este marco, debe ser una práctica objeto de un orgullo mayor al de campeonatos mundiales de fútbol o premios nóbeles. Todo esto, sólo para recordar que quienes están detrás de la sanata  que le apunta a la confrontación y sus perdigones alcanzan a los Kirchner y a la política y a la ciudadanía, son los príncipes del mal que, agazapados en sus señoríos de las tinieblas, intentan dañarnos una vez más. Los loros repetidores reclutados por el mal, no son necesariamente malos pero constituyen el ejército del mal.  El diablo siempre se las arregla para encontrarle la vuelta a los débiles y conseguir que le obedezcan. El diablo sabe de miedos, prejuicios, odios, discriminaciones, envidias, miserias e ignorancias. El hombre común que se convierte en un estúpido repetidor de bobadas, como un buen soldado, es un pobre tipo subordinado a lo inconfesable de sus motivaciones y que es tomado por el ardor de esas pasiones secretas, que calma cada vez que repite la sanata. El funcional repetidor, inconciente y autoperjudicial, es un ser que se contenta con rascarse el codo cuando le pica la mano.  

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